Perdió más de USD 200.000 en una estafa con criptomonedas. Después, los «expertos en recuperar fondos» le sacaron todavía más.
Un mensaje a un número equivocado. Un «mentor» de inversiones en LinkedIn. Una plataforma falsa de intercambio de criptomonedas. Cuando Michael intentó recuperar su dinero, quienes le ofrecieron ayuda le sacaron casi USD 16.000 más.
Michael solía pensar que las estafas por internet eran algo que les pasaba a los demás.
Hasta que, en apenas unos meses, lo contactaron de tres maneras distintas.
La primera empezó con un mensaje amistoso. La segunda llegó a través de una red profesional. La última apareció cuando estaba desesperado por recuperar lo que había perdido.
La primera vez se alejó a tiempo. Las dos siguientes, pagó.
«Perdón, creo que me equivoqué de número».
El primer mensaje parecía inofensivo.
La mujer decía que vivía en Los Ángeles. En las fotos se veía atractiva y la conversación fluía con naturalidad. Lo que empezó como una disculpa por un mensaje mal enviado se convirtió en un intercambio frecuente sobre el trabajo, la vida cotidiana y, con el tiempo, las inversiones.
Le contó a Michael que hacía operaciones de corto plazo con criptomonedas gracias a la ayuda de un familiar. Le mandó capturas de pantalla de lo que parecían ser sus ganancias.
Michael fue cauteloso. Empezó con apenas USD 500.
Unos días después, la cuenta mostraba más de USD 580. Probó retirar USD 100. El dinero llegó de verdad.
Ese pequeño retiro logró algo que las capturas por sí solas no podían: hizo que todo pareciera real.
Entonces ella lo animó a poner USD 20.000.
Algo no le cerraba. Michael frenó antes de enviar la suma más grande. Esta vez, había logrado escapar.
No sabía que las verdaderas pérdidas todavía estaban por llegar.
Un perfil de LinkedIn impecable. Una racha de operaciones ganadoras.
Unas semanas después, Michael recibió en LinkedIn una solicitud de contacto de alguien que se presentaba como analista financiero.
El perfil parecía profesional: experiencia laboral, comentarios sobre inversiones y muchos contactos.
Hablaron durante más de un mes. Después, el «analista» le presentó a Michael un producto que describía como contratos de muy corta duración con criptomonedas.
Cada operación duraba apenas 30, 60 o 120 segundos. Solo tenía que elegir si el precio iba a subir o bajar.
Al principio, el analista le daba las señales para operar. Un saldo de USD 500 pasó a ser de USD 560. Uno de USD 1.000 llegó a USD 1.280. Michael parecía acertar seis o siete veces seguidas.
Los números de la plataforma no paraban de subir.
«Cuanta más plata pongas, más podés ganar».
El argumento del «analista» para convencerlo
Michael empezó a aumentar los depósitos: USD 5.000. Después, USD 20.000. Luego, USD 50.000.
Finalmente, sacó más de USD 180.000 de sus cuentas bancarias y de sus ahorros para la jubilación. En un momento, la plataforma de operaciones mostró un saldo superior a USD 310.000.
Creía que por fin había encontrado una forma de ganar mucho dinero.
Entonces intentó retirar USD 100.000.
Atención al cliente le dijo que primero tenía que pagar un «impuesto del 20 % sobre las ganancias de capital». Envió USD 28.000.
Después llegó otra exigencia: supuestamente, la cuenta había activado una «revisión contra el lavado de dinero». Para liberarla, tendría que enviar otros USD 35.000 como depósito de garantía.
Ahí fue cuando Michael se dio cuenta de lo que estaba pasando.
La plataforma podía mostrar el saldo que quisiera. Los fondos reales ya habían ido a billeteras de criptomonedas controladas por desconocidos.
Michael había perdido más de USD 200.000.
Pero la historia no había terminado.
La siguiente estafa le vendió algo todavía más poderoso: esperanza.
Después de denunciar la pérdida, Michael buscó en internet cómo recuperar criptomonedas robadas.
Unos días después lo contactó una empresa. Decía especializarse en la recuperación de activos en blockchain y aseguraba que había rastreado su dinero.
Quienes lo contactaron incluso sabían qué plataforma de operaciones había usado y, aproximadamente, cuánto había perdido.
Por primera vez en semanas, Michael volvió a sentir esperanza.
La empresa afirmó que había unos USD 170.000 en USDT congelados. Solo tenía que pagar una «tasa de autorización judicial» y los fondos podrían volver a su cuenta.
El primer cargo fue de USD 3.000.
Después vinieron los «honorarios legales». Una «tasa de desbloqueo transfronterizo». Un «cargo por verificación de billetera».
Michael pagó casi USD 16.000 más.
Cuando la empresa le exigió otros USD 9.800 como «último cargo de tramitación», se comunicó con las verdaderas autoridades.
La respuesta fue devastadora: no había USD 170.000 esperando a ser liberados.
La supuesta empresa de recuperación era otra estafa. Sus operadores podrían haber obtenido información sobre la pérdida anterior a través de otros estafadores, o podrían haber estado vinculados con la operación original.
También había desaparecido el dinero que había pagado para recuperar sus ahorros.
EL HILO CONDUCTOR
Tres formas distintas de acercarse.
La misma exigencia.
En el primer caso, una desconocida creó un vínculo personal. En el segundo, un perfil de apariencia profesional y una racha de supuestas ganancias generaron credibilidad. En el tercero, la promesa de recuperar su dinero le dio esperanza.
Parecían no tener relación entre sí. Eso era parte de lo que los hacía tan peligrosos.
Cada acercamiento llevaba al mismo lugar: confiar en la persona del otro lado de la pantalla y mandar más dinero.
Primero llegó la confianza.
Después, el siguiente pago.
Alguien que conocés puede necesitar leer esta historia.
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